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domingo, 16 de mayo de 2010

Cuento

Días contados


En el maravilloso Paramo de la Culata, en donde la neblina hace presencia de su temerosa frialdad, la gente esta envuelta de miedo y dolor en su rostro porque la blanca neblina ha quedado impregnada en los poros de sus rostros, pero, qué está pasando.



Las temerosas nubes comienzan a desaparecer y en el fondo, barcos interrumpen la tranquilidad de la población, sus madres asfixiadas de dolor tratan de calmar a sus hijos del llanto que gira en todo el páramo de Culata.
La gente empieza a rumorar: Son de Europa, sí son ellos quieren destruirnos.



 
De repente, entre la multitud salió un viejo hombre que les decía, no teman, nuestra cultura, nuestra historia y nuestro pueblo es más fuerte que cualquier otro que venga a intentar destruirnos; es por esto que debemos estar unidos y confiar en nuestro Dios; ahora tomen un madero y colóquense en el centro de la tierra y todos corrieron hacia él formando una gran mancha de energía en su comunidad.
De pronto, dentro del barco comenzaron a salir un sin número de personas, soldados, hombres de gran tamaño y poderosos de la alta sociedad, se colocaron en fila los soldados y entonces hablaron:



Hemos llegado de Asia, desde el continente rojo, desde el Imperio más grandioso del mundo. Entonces la gente comenzó a crear imágenes en su mente; son chinos, de Pakistán sí ellos tienen un mundo de tropas militares, también japoneses y coreanos se llenaban de imágenes sangrientas y horrorosas.



La gente del paramo no terminaba de crear ideas en su mente, cuando entre los malditos hombres salió alguien totalmente diferente, tenía vestido blanco pegado a su piel comenzó a bailar, saltar entre todos, todos se fascinaron por la fiesta que creaba en cada pisada que daba, así duró su fiesta hasta que los habitantes del páramo comenzaron a delirar; era como si un hechizo entro por sus ojos.
El trance duró 3 días, en ese trance la vida era maravillosa llena de colores y de sensaciones que nunca habían sentido.



Al despertar, unos más rápidos que otros vieron lo más espeluznante, sus hogares eran ahora un centro de concentración militar de los asiáticos, ahora estaba llena de templos enormes y una inmensa estatua que se veía en todo el páramo, con un nombre que decía “YOGUI”.




En ese mismo instante nuestra vida terminó ya no servía vivir, ya no sentíamos ni dolor ni felicidad. Todo acabó.


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